Amenazas asimétricas: Pulso electromagnético

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El pulso electromagnético o EMP (del Inglés, Electromagnetic Pulse) es un fenómeno físico que genera un campo instantáneo de energía electromagnética de gran intensidad que sobrecarga o inutiliza los equipos electrónicos y los microcircuitos de alta tecnología, especialmente sensibles a las descargas de energía.

Los sistemas electrónicos más comunes de las infraestructuras telemáticas y de telecomunicaciones civiles y de las redes de distribución de energía resultarán afectados por un EMP pues, a diferencia de los sistemas e infraestructuras de información y comunicaciones militares más críticos, no se encuentran protegidos contra sus efectos. No obstante, algunos equipos, armas y sistemas dependientes de la infraestructura civil resultarán igualmente afectados. Si bien el EMP afecta a los componentes electrónicos, resulta relativamente inocuo para el cuerpo humano.

La crítica dependencia de nuestra sociedad del suministro eléctrico nos hace vulnerables a los efectos de un EMP, que podría provocar daños en sistemas vitales que tardaríamos meses o incluso años en reparar y que tendrían consecuencias catastróficas para la seguridad nacional de cualquier Estado desarrollado.

La utilización de la energía electromagnética como arma de guerra a través de la generación de un EMP sólo es posible como efecto secundario de la detonación de un artefacto nuclear o por medio de la emisión de potentes microondas, aunque con efectos mucho más limitados que en el primer caso.

El pulso electromagnético de gran altitud o HEMP (del Inglés, High-Altitude Electromagnetic Pulse) se produce cuando se detona una cabeza nuclear sobre la superficie terrestre en las capas más altas de la atmósfera. Los rayos gamma producidos por la explosión nuclear interaccionan con las moléculas del aire acelerando los electrones, cargándolos de energía e ionizando la atmósfera, lo que genera un poderoso campo eléctrico instantáneo que sobrecarga los circuitos de los aparatos eléctricos a través de los materiales conductores, el cableado o la propia red eléctrica, que actúan como antena transmitiendo el pulso de energía hasta los componentes clave y más vulnerables de los dispositivos electrónicos, los microcircuitos y los chips, que quedarán inutilizados por efecto de la sobrecarga de energía.

El alcance del HEMP puede ser de miles de kilómetros a partir de la zona cero dependiendo de la altitud a la que se produzca la detonación y del diseño y poder explosivo del artefacto nuclear utilizado para generar el pulso.

Sin embargo, la eficacia de un HEMP está condicionada por la potencia del ingenio nuclear empleado, que habría de ser de al menos 1 megatón*, y por la capacidad de proyectar la cabeza nuclear a la altura adecuada para la detonación por medio de un misil balístico o de un vector de lanzamiento espacial.

[(*) Equivalente a la explosión de un millón de toneladas de Trinitrotolueno (TNT); una potencia explosiva 8 veces superior a la de la bomba atómica lanzada en agosto de 1945 sobre Hiroshima (de 12,5 kilotones)]

Por ejemplo, la detonación de una cabeza nuclear de un megatón sobre la plaza de Sol en Madrid a una altitud de 30.000 metros produciría un pulso electromagnético que afectaría al territorio situado en un radio de 800 km, lo que comprende España y Portugal, el archipiélago de Baleares, Marruecos y el sur de Francia.

En aras de limitar el alcance y focalizar los efectos de un pulso electromagnético sobre una zona objetivo, durante la Guerra Fría los Estados Unidos concibieron la doctrina del pulso electromagnético regional o SREMP (del Inglés, Source Region Electromagnetic Pulse) generado a partir de la detonación de un ingenio nuclear a baja altitud. Este pulso es mucho más intenso que el HEMP por la proximidad de la fuente de emisión al suelo, que actúa como conductor de energía. En este supuesto el pulso electromagnético tendría un impacto devastador sobre los sistemas electrónicos situados a distancias de entre 3 y 8 kilómetros de la zona cero, cuyas infraestructuras recibirán así mismo la onda expansiva y térmica y la emisión de radiación resultante de la detonación nuclear con diversos efectos.

El SREMP fue concebido como una táctica para inutilizar los vitales sistemas electrónicos de blancos estratégicos, como los silos de lanzamiento de misiles intercontinentales, bien protegidos contra la detonación, la onda expansiva y los efectos térmicos de las armas nucleares. En lo concerniente a su empleo táctico en el campo de batalla, el SREMP resulta problemático, pues sus efectos serían tan adversos para los sistemas del adversario como para los de las fuerzas propias y aliadas.

Finalmente, existe otra forma menos eficiente y por ende menos destructiva de generar un pulso electromagnético mediante las microondas de alta potencia o HPM (del Inglés, High Power Microwaves). Las HPM producen un efecto similar al HEMP generando un campo electromagnético a partir de una explosión química cuya onda expansiva se conduce a través de un aceite especial denominado generador de compresión de flujo. Las microondas pueden ser dirigidas con precisión mediante el uso de antenas especiales en aras de limitar su alcance y concentrar su efecto sobre un área específica, lo que resulta imposible en el caso del HEMP. A diferencia de los efectos relativamente inocuos del HEMP sobre las personas, las HMP pueden producir daños en el cuerpo humano por proximidad a la fuente de emisión o por encontrarse en la trayectoria del haz de energía de alta potencia.

Dada la crítica interdependencia y conectividad de la infraestructura telemática y de telecomunicaciones actual, los efectos de un pulso electromagnético afectarían a las comunicaciones y al equipamiento de los servicios de emergencia y de los hospitales; generarían cortes de larga duración en el suministro de energía; escasez de combustible, agua y alimentos por la parálisis del sistema de transporte, ya que los efectos del pulso inmovilizarán permanentemente la flota de vehículos civiles con arranque y sistemas de control electrónicos; y causarán la inoperancia o deficiencias en los sistemas militares dependientes de la infraestructura civil. En resumen, caos.

Las perspectivas de reconstrucción de las infraestructuras básicas tras sufrir un pulso electromagnético son inciertas, especialmente por las dificultades derivadas de la parálisis de las comunicaciones, aunque la estimación más optimista es desde meses a varios años hasta alcanzar los niveles de rendimiento actuales.

La facilidad de acceso a las nuevas tecnologías y la proliferación de armas nucleares a la que estamos asistiendo, unidas a los efectos devastadores de un EMP sobre las sociedades más desarrolladas a consecuencia de su creciente dependencia tecnológica y energética, constituyen un incentivo para que cada vez más naciones adquieran capacidades asimétricas de esta naturaleza, cuya utilización no implicaría necesariamente una perdida masiva de vidas, al menos en este caso concreto no como efecto directo del EMP sobre las personas.

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